La casona de Nabor

La casona de Nabor

Ustedes que están leyendo esto, no me dejarán mentir cuando les digo que la infancia es una de las etapas más felices por las que transitamos. No solamente porque tenemos más tiempo para jugar, sino porque el futuro luce tan lejano que ni siquiera perdemos el tiempo pensando en eso.

Justamente recordando el barrio donde vivía cuando era pequeño, vinieron a mi memoria las historias de terrores, que mi tía me contaba con tal de que yo no saliera a la calle solo. Ella era la hermana mayor de mi mamá, quien vivió con nosotros hasta que falleció.

A diario buscaba una anécdota distinta para espantarme. Por ejemplo me decía que había fantasmas escondidos en las copas de los árboles y que salían en cuanto se enteraban que un niño desobedecía sus mayores. Otras veces me decía que en los callejones oscuros se ocultaba el demonio y cosas así.

Con el paso de los años, fui ignorando esas historias. Bueno, casi todas, a excepción de la historia de la casona de don Nabor.

Enfrente de mi casa se hallaba un gran terreno en donde estaba fincada una casona antigua. Supuestamente aquel lugar era habitado por un señor de nombre Nabor, quien las personas del vecindario lo tachaban de desquiciado.

Ninguno de mis conocidos se acercaba a ese sitio. El pasto fácilmente alcanzaba el medio metro de altura y los aullidos de los perros de esa propiedad, le ponían los cabellos de punta al más valiente. El caso es que mi tía me había platicado que ese hombre, desaparecía a todo aquel que llamara a su puerta.

Ya de adolescente, me puse a espiar la casona de Nabor y un acontecimiento me impactó de por vida. Un vendedor de puerta en puerta toco el timbre del domicilio. Quise advertirle del peligro de haber hecho eso, pero de nuevo pensé que la historia que me habían contado era una pura invención.

No obstante, un anciano abrió la puerta y sólo alcancé escuchar un grito de terror espeluznante. Posteriormente, el portón fue cerrado y nadie volvió a ver a ese individuo.

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