La partida de Melitón Fernández

cLa partida de Melitón Fernández

Melitón Fernández trabajó incansablemente con el fin de amasar una cuantiosa fortuna. Al paso del tiempo, fue viendo como su meta poco a poco se concretaba. En su pueblo natal compró varios negocios distintos para acaparar a la clientela.

Los parroquianos que por allí pasaban, lo veían desvelarse más allá de la una de la mañana. El juego era la única cosa que verdaderamente le entusiasmaba. Decía que la adrenalina que le producían los juegos de azar, no eran comparables con nada.

Su esposa trató de quitarle ese vicio, llevándolo a la capital para qué médicos con un mayor grado de conocimientos, le dieran un tratamiento adecuado que lo ayudara a olvidarse de eso y volver a lo que era antes.

No obstante, en las historias mexicanas sabemos que eso rara vez ocurre. Por lo tanto, el hombre se limitaba a “seguirle la corriente a su pareja y nada más”.

Sus problemas de juego aumentaron, se quedó sin dinero en el banco y empezó a pedirles prestado a sus peones, diciéndoles que en cuanto su suerte mejorara no sólo les regresaría esa cantidad sino que la triplicaría.

La buena estrella que al pasar de las décadas lo había acompañado, parecía extinguirse poco a poco. Una noche se le vio jugando en la cantina las escrituras de su casa y las de la botica, ya que era lo único que le quedaba.

Dicha partida la perdió como otras tantas. Melitón resignado a su mala suerte, se levantó de su silla y cuando estaba a punto de salir de la taberna, su paso fue obstruido por el de un caballero.

– He estado observándolo. A usted le gusta el póquer ¿no es así?

– Sí, pero ya no tengo dinero. Por favor déjenme en paz. ¿Ahora qué le voy a decir a mi esposa? Murmuró.

– Ah ¿tiene esposa?

– Le propongo algo, juguemos a su esposa en una partida. Si yo gano, me quedo con ella. Y si usted gana le pagaré 8 millones de pesos. Con eso puede recobrar su fortuna.

– Hecho. Exclamó Melitón.

El juego acabó rapidísimo con victoria del extraño.

– Voy a buscar a su esposa para llevármela al infierno. Ahora su alma es mía. Comentó

– ¿Qué? Replicó Melitón.

– Eso le pasa por jugar con extraños. Dijo el diablo.

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